La Luz del Portalón
En el barrio de siempre, donde las farolas amarillas parecían encenderse un poco antes por el frío, la casa de los Souto tenía una tradición que nunca fallaba: el portalón azul se abría de par en par para recibir a quien quisiera entrar.
Aquel año, sin embargo, todo estaba un poco distinto. Lucía, la hija mayor, llevaba meses viviendo fuera por trabajo. Su hermano pequeño, Dani, había empezado a juntarse más con sus amigos que con la familia. Y los padres, aunque no lo decían, temían que esa costumbre de “todos juntos” empezara a diluirse.
La tarde del 23 de diciembre, mientras la madre preparaba la mesa y el padre peleaba con las luces del árbol, Dani salió a la calle a buscar a sus amigos.
—Venid un rato a casa —dijo—. Este año no quiero que falte nadie.
Los tres colegas —Samu, Carla y Iago— aceptaron sin pensarlo. Ellos también habían sentido que algo se estaba perdiendo con el tiempo.
Cuando llegaron, el portalón azul estaba entreabierto, dejando escapar olor a caldo y música suave.
—Parece que aquí siempre es verano —dijo Samu riendo, frotándose las manos heladas.
Dentro, la madre los recibió como si fueran hijos propios. El padre, aún enredado en las luces, levantó la vista y sonrió.
—Cuantos más seáis, más brillará esto —dijo señalando el árbol.
Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba: Lucía apareció en la puerta, con una maleta pequeña y los ojos brillantes.
—No me lo iba a perder —dijo antes de que Dani la abrazara con fuerza.
La mesa quedó pequeña, las sillas no alcanzaban, y alguien tuvo que sentarse en un taburete inestable que hacía ruido cada vez que se movía. Pero daba igual. Había risas, historias que se habían quedado a medias, brindis improvisados y esa sensación de que, por un momento, el mundo entero cabía en aquella cocina iluminada.
Al final de la noche, cuando todos salieron al portalón para despedirse, Lucía miró a su hermano y le dijo:
—No importa cuánto cambien las cosas. Mientras abramos esta puerta, siempre volveremos a encontrarnos.
Dani asintió, mirando a sus amigos que se alejaban entre el vaho del frío.
—Entonces que nunca se cierre —respondió.
Y el portalón azul, como si escuchara, crujió suavemente con el viento, prometiendo otra reunión, otro abrazo, otro regreso.